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La vida es un constante cambio, en ocasiones se encarga de ponernos de cabeza, mostrándonos qué tan capaces somos de sortear las adversidades.

Es así como a más de un año de la pandemia mundial, derivada del COVID 19, fuimos invitados de manera drástica y sin previo aviso, a permanecer en casa, a no salir, a llenarnos de provisiones, a cuidarnos y mantener una sana distancia; nos vimos obligados a perder contacto físico con las personas y a cuidar nuestra salud más que nunca, recordando esos hábitos de higiene que tal vez olvidamos desde pequeños.

Las clases pasaron de ser un recreo lleno de ruidos, balonazos y sándwiches en las jardineras, a un desayuno en casa, con clases virtuales, en ocasiones con gritos y regaños, tras la frustración de no comprender la lección del día. Las oficinas se volvieron vacías y frías. Los feligreses ya no cantaban en las iglesias y los estadios enmudecieron.

Muchas personas jamás imaginamos pasar por un proceso tan difícil, viviendo ante la incertidumbre y experimentando emociones que tal vez ni nosotros mismos, sabíamos poder presentar.

Hablamos del síndrome de la cabaña. Este síndrome que según expertos ha atacado en alteraciones anímicas al 25% de la población, en donde, dicho por los afectados, se describe un incremento de malestar emocional, ansiedad en su máxima potencia, alteraciones anímicas y miedo a salir a la calle, a que te toquen, a contagiarte.

La vida nos retó y tras pasar tanto tiempo en casa, de pronto tenemos un tema muy demandado, es precisamente este miedo poscovid que nos pone aún más vulnerables, presentando así parálisis emocionales que no son más que una respuesta al miedo, a aquello involuntario.

El síndrome de la cabaña, se ha vuelto un fenómeno mundial, que si bien, no es considerado un trastorno mental, sí es un problema de adaptación a la nueva percepción del mundo.

Lo principal es identificar la situación personal, considerando que nuestras salidas serán progresivas y con los más altos estándares de higiene, fijarnos pautas para poder reconectar con el mundo poco a poco y estar abiertos al cambio, relajarnos y ser positivos.

El miedo a salir a la calle ha enmudecido a muchas personas que lo padecen, luchando consigo mismos, inmersos en un mar de emociones, pasando por la ansiedad, frustración, tristeza, olvido, miedo; permaneciendo tiempo encerrados, pensando en quienes están y en quienes se han ido, aislando de su entorno sin considerar que lo más importante es estar unidos, ser resilientes y nunca perder la propia esencia.

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